A finales de la Guerra Civil española, cuando la derrota de la República parecía ya inevitable, el presidente del gobierno, Juan Negrín, lanzó una consigna que con el tiempo adquiriría un significado mucho más profundo que el de una simple frase de guerra: "Resistir es vencer".
No se limitaba con ello a subir la moral del pueblo, sino que comprendía que la guerra de España no era un episodio aislado, sino el primer frente de una crisis europea mucho más amplia que estaba a punto de estallar. Su estrategia partía de una intuición histórica precisa: si la República lograba prolongar la guerra lo suficiente, el conflicto español acabaría entrelazándose con la guerra mundial que ya se preparaba en Europa.
La historia siguió otro camino. La guerra terminó en España en abril de 1939, y apenas unos meses después, comenzó la Segunda Guerra Mundial. No sabemos qué habría ocurrido si aquella estrategia hubiese tenido tiempo para desplegarse. En cambio, nos deja una pregunta fundamental para cualquier análisis político serio: ¿qué significa resistir cuando la correlación de fuerzas es abiertamente desfavorable?
Un adversario puede tener más armas, más recursos y más apoyo internacional; pero también necesita imponer la idea de que su victoria es inevitable. Cuando una fuerza inferior resiste, rompe esa inevitabilidad y gana tiempo. Y el tiempo —en política y en guerra— puede desgastar al adversario, alterar alianzas y abrir contradicciones en el campo enemigo.
Esa hegemonía se expresó en intervenciones militares, golpes de Estado y presiones políticas destinadas a mantener gobiernos alineados con Washington.
Ese ha sido el dilema histórico de América Latina. Desde el siglo XIX la región quedó dentro de la esfera geopolítica de EE.UU., legitimada ideológicamente por la Doctrina Monroe de 1823. A lo largo del siglo XX, esa hegemonía se expresó en intervenciones militares, golpes de Estado y presiones políticas destinadas a mantener gobiernos alineados con Washington.
La desigualdad no es solo militar o política, sino estructural. América Latina fue integrada en la economía mundial como exportadora de materias primas y dependiente de tecnología externa, lo que limita el desarrollo de industrias estratégicas —incluida la militar—. Incluso los países que han intentado desarrollar mayor autonomía en determinados momentos, como Brasil o Argentina, han encontrado límites económicos, tecnológicos y geopolíticos difíciles de superar.

No obstante, los intentos más sostenidos de construir capacidades militares relativamente autónomas se dieron en Cuba y, décadas después, en Venezuela. Tras la revolución de 1959, Cuba desarrolló unas fuerzas armadas capaces de sostener una defensa territorial frente a un adversario muy superior, apoyándose en una estrategia de guerra asimétrica, grandes reservas de milicias y sistemas de defensa aérea. Sin embargo, su capacidad convencional dependía en gran medida del apoyo tecnológico y material de la Unión Soviética. La desaparición de ese soporte internacional en los años noventa y su aislamiento del mercado internacional por el bloqueo, redujeron considerablemente sus capacidades militares y le obligaron a reorganizar su estrategia en torno a la disuasión territorial y la resistencia prolongada.
Algo similar ocurrió con Venezuela en el siglo XXI. Durante los años de altos ingresos petroleros se intentó modernizar las fuerzas armadas con la adquisición de sistemas rusos y la creación de estructuras de defensa territorial basadas en milicias. Pero las sanciones económicas, las restricciones financieras y el aislamiento internacional limitaron la continuidad de ese proceso y dificultaron el mantenimiento y renovación de los sistemas adquiridos.
Venezuela enfrenta una intervención militar directa y una presión internacional sin precedentes.
En este contexto, donde la correlación de fuerzas es profundamente desigual, resistir no significa necesariamente vencer de inmediato, sino más bien se trata de impedir que la derrota se vuelva definitiva mientras el tiempo —y las contradicciones del propio sistema internacional— abre nuevas posibilidades históricas. Volviendo a Cuba, la revolución supo resistir a su aislamiento, hasta que se abría un nuevo ciclo histórico en América Latina, con la victoria del chavismo en Venezuela, y de forma paralela emergía un nuevo mundo multipolar que posibilitaba nuevas alianzas.

En otras palabras, América Latina ha tenido que aprender a resistir en condiciones donde una confrontación militar convencional con EE.UU. es prácticamente imposible, pero también donde la resistencia aprende a adoptar otras formas: legitimidad política, organización popular, alianzas internacionales y capacidad para prolongar los conflictos hasta alterar las correlaciones de fuerzas.
Hoy esa lógica vuelve a manifestarse con toda su crudeza. La agresión militar estadounidense del 3 de enero —que incluyó bombardeos sobre el país, más de un centenar de muertos y el secuestro del presidente Nicolás Maduro— marca una escalada extraordinaria en la política hemisférica. Sin embargo, incluso en ese escenario extremo, el Estado venezolano no ha desaparecido. Sus instituciones siguen funcionando y sus estructuras sociales continúan organizándose.
La situación que se abre es, por tanto, profundamente contradictoria. Venezuela enfrenta una intervención militar directa y una presión internacional sin precedentes, lo que obliga al proceso bolivariano a realizar concesiones duras para preservar la estabilidad interna. Pero, al mismo tiempo, el poder que EE.UU. pretendía derribar continúa siendo el interlocutor inevitable de cualquier negociación política sobre el futuro del país.
En otras palabras: el proyecto político que se buscaba liquidar no ha sido sustituido por otro. Permanece en pie, bajo una presión extrema, negociando con la correlación de fuerzas que tiene delante.
Algo similar ocurre con Cuba, aunque en condiciones que hoy son incluso más duras que en otras etapas de la política de presión estadounidense contra la isla. EE.UU. no solo mantiene el bloqueo económico que pesa sobre la revolución desde hace más de seis décadas, sino que ha intensificado el cerco energético en el Caribe: presiona a terceros países para que suspendan los envíos de petróleo, amenaza con sanciones a las empresas que participan en ese comercio e incluso interfiere físicamente en rutas de suministro energético. El resultado es una crisis energética severa que afecta al conjunto de la sociedad cubana y que busca provocar una asfixia económica capaz de desestabilizar al país desde dentro.
Sin embargo, incluso en ese escenario de presión extrema, Washington se ve obligado a mantener canales de negociación con el propio gobierno cubano para gestionar las consecuencias de esa situación.
La historia ofrece numerosos ejemplos de esta lógica estratégica. El tratado de Brest-Litovsk, incluyó enormes cesiones, pero a su vez permitió a la joven revolución soviética ganar tiempo en condiciones extremas. En Vietnam, la dirección revolucionaria combinó sistemáticamente lucha armada y negociación: desde los acuerdos que siguieron a la derrota colonial francesa en Dien Bien Phu hasta las conversaciones de París con EE.UU., utilizadas para consolidar avances militares y políticos sin renunciar al objetivo de la independencia. Y la propia Revolución cubana ha atravesado múltiples ciclos de negociación sin abandonar su proyecto político.
En ese sentido, la consigna de Juan Negrín recupera toda su vigencia histórica. Resistir es vencer cuando un pueblo organizado sostiene su proyecto en medio de la adversidad, sabiendo que la historia sigue abierta.
Como recuerda el Himno del Guerrillero, canto de la Revolución cubana, "siempre el pueblo resurge adelante". Porque las correlaciones de fuerzas cambian, incluso en el centro del poder. EE.UU. atraviesa tensiones internas, desgaste hegemónico y un mundo cada vez más multipolar que reconfigura el equilibrio global. En ese movimiento, resistir es sostener la posición en el tiempo, asegurar que la última palabra aún no ha sido dicha y que la historia, lejos de haber terminado, sigue en disputa.


